“Quien da una flor de amancay está ofrendando su corazón”, decían los indios vuriloches. Y a quien preguntara el porqué de esa creencia le contaban esta leyenda: Había una vez joven llamado Quintral, hijo del cacique de una tribu india. Su corazón estaba ocupado por una humilde joven llamada Amancay, que, aunque él no lo supiera también le correspondía. Sin aviso, una epidemia de fiebre asoló la tribu y nadie conocía la cura. En pocos días, Quintral también cayó. El cacique, le escuchó murmurar un nombre: “Amancay”. No le llevó mucho averiguar quién era y mandó a sus guerreros a traerla. Pero Amancay se hallaba trepando una montaña en la que, según una hechicera, estaba el único remedio capaz de curar la epidemia: una flor amarilla y solitaria. Amancay alcanzó la cumbre y vio la flor. Apenas la arrancó, levantó los ojos y vio un gran cóndor, que le acusó de tomar algo que pertenecía a los dioses. Aterrada, Amancay le contó lo que sucedía en el valle, donde Quintral agonizaba, y que aquella flor era su única esperanza. El cóndor le dijo que la cura llegaría a Quintral sólo si ella accedía a entregar su propio corazón. Amancay aceptó y dejó que el cóndor la envolviera en sus alas y le arrancara el corazón con el pico. El cóndor tomó el corazón y la flor entre sus garras y se elevó, volando sobre el viento hasta la morada de los dioses. Mientras volaba, la sangre que goteaba cayó sobre los valles y montañas, que se cubrieron de pequeñas flores amarillas moteadas de rojo. La hechicera salió al exterior, mirando con ojos asombrados el vuelo de un cóndor gigantesco. Y supo que había llegado la cura. Por eso, cuando los guerreros llegaron en busca de Amancay, les entregó un puñado de flores como única respuesta. tejidosamancay@hotmail.com Photobucket

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